marzo 2020
Sudamérica es historia, naturaleza y su gente. El subcontinente nos acogió durante 8 fantásticos meses descubriéndonos culturas, maravillas y realidades muy diferentes. Diferentes a la nuestra y entre si, que nos enseñaron mucho, a empatizar y comprender. Nos sentimos acogidos, conocimos a muchas personas que se convirtieron en verdaderos amigos y nos llevamos con nosotros 8 meses de recuerdos y experiencias.
Y en el artículo de hoy, nos gustaría compartir un poco de estas aventuras en este diario de viaje. Esperamos que lo disfrutes y que te animes a descubrir por ti mismo algún día todo lo que Sudamérica tiene por ofrecer.
Colombia fue el primer país que nos acogió en este gran viaje y quizás por eso le tenemos un cariño especial. La alegría de la gente era casi más intensa que la nuestra, las ganas de aprovechar cada minuto nos hicieron ir un poco acelerados al principio, hasta que entendimos que no eran unas vacaciones de 20 días, se trataba de vivir viajando durante meses.
El 7 de junio llegamos a Colombia con nervios, tensión por la «inseguridad», jet-lag y mal de altura, un mix del que es casi imposible salir ileso, pero lo conseguimos. Las ganas pudieron, y más al entrar en contacto con la cultura e historia colombiana en su inmensa capital, de la cual no se ve el final aún subiendo a lo más alto. Íbamos preparados para lo peor: robos, atracos; nos habían contado mil historias. Las mochilas con candado, sin perder nada de vista, cuidado con los taxis… ¡qué estrés! Pero nos sentimos seguros. Y supimos que no íbamos a estar solo un mes en Colombia.
Dejamos atrás la gran urbe para adentrarnos en la pura Colombia. El cambio de la ciudad a los pueblos fue notable: la gente más cercana y amable y la vida mucho más tranquila y segura. Y aunque sabíamos que Villa de Leiva y Barichara destacan por su arquitectura colonial, no pudimos evitar asombrarnos con su parecido a Castilla. Dos pueblitos llenos de color, piedras, naturaleza y mucha historia. La de nuestros antepasados, que arrasaron y se apropiaron de todo a su paso hasta la independencia de los criollos, hijos de indígenas y españoles, el 20 de julio de 1810.
Cogimos una «buseta» a Palomino, donde nos topamos con dos indígenas que vendían aguacates a 0,50€. Los reconocimos al instante: vestidos de blanco, piel morena, rasgos marcados y pelo negro. Cuando por fin llegamos… ¡sorpresa! Encontramos una aldea sumida en el silencio. En el hostel nos dijeron que estábamos en toque de queda de 18h a 8h por un conflicto entre un grupo armado y el ejército. ¿Cómo? ¿Qué hacemos? Decidimos quedarnos junto a otros 4 huéspedes. Con todo cerrado y sin poder salir, el plan era claro: cena comunal con otros viajeros y toda la noche hablando de cultura indígena.
Después de tres horas de camino, llegamos a Playa Brava, un lugar que nos dejó hipnotizados: 1km de arena blanca solo para nosotros y cuatro personas más. Preparamos nuestra suite y una «deliciosa» cena que habíamos cargado en las mochilas. Y así empezó nuestra primera noche en hamaca a la luz de las estrellas. Al día siguiente nos sorprendieron los retortijones, Fran se torció el tobillo con la primera piedra del duro ascenso hasta Cabo San Juan y escuchamos el rugido de lo que pareció un Jaguar. Aún así, una experiencia para repetir: naturaleza, playas e increíble selva caribeña.
¿Todavía más calor? Caminar por las alegres calles de colores de Getsemaní entre las 12h y las 17h era imposible. Por la noche, el sol daba paso a la luna y a la multitud de gringos y turistas nacionales. Con todos ellos acabamos un lunes festivo de julio en la cercana Playa Barú, de arena blanca y aguas cristalinas. Al llegar, leímos: tour del plancton luminoso por $20.000 COP (5€). ¡De una (expresión colombiana)! Fue mágico ver nuestros cuerpos iluminarse al son de nuestros movimientos. No pudimos inmortalizarlo, pero las imágenes quedan en nuestra memoria.
Colombia, y sobre todo Medellín, es mucho más que el narcotráfico de Pablo Escobar. Su historia es compleja y difícil de resumir, pero vamos a intentar contaros todo lo que aprendimos de esta particular ciudad.
En un viaje tan largo a veces es necesario parar para seguir avanzando. Durante 15 días “dejamos de viajar” para vivir Medellín de la manera más local posible, y en cierto modo lo conseguimos. Nos sumergimos de lleno en sus festivales, museos y bares, conectando con la historia de violencia y de superación de estos “echaos pa’lante”, como ellos mismos se definen.
Dentro de todo lo que te ofrece Medellín, hubo tres lugares que nos marcaron y nos ayudaron a entender la resiliencia y amabilidad de la cultura paisa.
El 16 y 17 de octubre de 2002 se produjo la operación militar de Orión. El ejército por la mañana y los paramilitares por la noche se internaron en este barrio en búsqueda de líderes guerrilleros, aunque poco importaba si los vecinos lo eran o no.
Cientos de civiles fueron asesinados y desaparecidos con tal de acabar con la presencia de la guerrilla en el único núcleo urbano del país. Cuentan que muchos de ellos fueron arrojados a La Escombrera de la Comuna 13 y mezclados con restos de materiales de construcción, convirtiéndola en la mayor fosa común de Medellín. Hoy se siguen lanzando escombros, dificultando así la identificación de los restos humanos.
En 2011 se inauguraron las escaleras mecánicas de la Comuna 13, una de las soluciones más innovadoras de transporte que ha ayudado a transformar la vida de sus habitantes, mejorando la accesibilidad del barrio. Hoy en día es uno de los imperdibles de Medellín y destaca por sus más de 100 graffitis, a través de los cuales los artistas locales explican su historia.
Seguramente debes haber oído a hablar de los grupos guerrilleros y los narcotraficantes, ¿pero sabes quién son los paramilitares o «paracos»? Son grupos armados ilegales de extrema derecha que surgieron y fueron financiados por el gobierno en la década de los 70 para acabar con la guerrilla o grupos armados de extrema izquierda.
Entre 2006 y 2009 se pagaba por guerrillero muerto y fueron incontables los «falsos positivos», civiles acusados y vestidos como guerrilleros con el único propósito de aumentar sus ganancias acumulando muertos.
En el Museo de la Memoria de Medellín aprendimos que su historia es compleja. Este espacio de libre acceso cuenta con mapas interactivos, escuchas, música, fotografías… con el objetivo de no olvidar todo lo que ha pasado esta ciudad.
Cuando pensábamos en Medellín, imaginábamos una gran urbe metida en un inmenso valle, el Valle de Aburrá. Pero no fue hasta coger su famoso metro cable que pudimos ver desde las alturas hasta donde llegan las pequeñas construcciones de ladrillo y uralita, o incluso de madera, haciendo de la capital de Antioquia una ciudad imponente.
En 1995 se inauguró el Metro de Medellín y con él su famosa «cultura metro». Más allá de un sistema de transporte, esta red simboliza prosperidad, seguridad y modernidad para los paisa.
Junto a las escaleras mecánicas de la Comuna 13, este teleférico es un referente mundial en urbanismo y construcción social, ya que ha conseguido mejorar la movilidad de sus habitantes, quienes lo usan a diario para desplazarse de sus humildes casas al centro de la ciudad.
Ya teníamos ganas de pasar por este emblema colombiano y disfrutar de su preciado café. El Eje Cafetero es uno de esos lugares que no deja indiferente a nadie y porque no nos gustan las aglomeraciones de tráfico elegimos quedarnos en sus pueblos y dejar de lado las ciudades.
Tocó día de relax en las calientes aguas termales del pueblo. Nos gustaba la idea de ir a un balneario a hacer simplemente nada, pero cuando llegamos: ¡wow! Nos sumergimos en las piscinas más calientes que hayamos estado jamás -artificiales, eso sí- y contemplamos la espectacular cascada con forma de de cola de caballo. La comida y una pequeña caminata estaban incluidas en la entrada, donde vimos el agua nacer a 60º. Y al volver nos zampamos un bocata de chorizo santarrosano, típico de Santa Rosa. Ñam ñam.
Tuvieron que corregirnos 4 veces para no decir Finlandia, pero lo conseguimos. Este pueblito con casitas de colores y miradores estratosféricos al valle era puro espectáculo. ¿Cómo no hablarte de la visita a la hacienda cafetera El Carriel?, donde como ya sabes nos dejaron participar en cada uno de los procesos de elaboración del café, probarlos y llevarnos una muestra. Pero Filandia no es sólo café, sino también la Reserva Nacional Barbas Bremen, en la que nos aventuramos a caminar siguiendo el río, sin ver a nadie, perdiéndonos 10 veces, bañándonos desnudos y comiendo plátanos directamente del árbol.
No estábamos muy convencidos de alojarnos en Salento. Este famoso pueblo se peta de turistas mala manera, pero bueno, es el punto de acceso más rápido al Valle del Cocora. ¡Y qué valle! Os podemos hablar de él y deciros que era increíble pero no seríamos justos ante tal obra maestra de la Pachamama. Estamos hablando de un lugar en el que lo más ordinario que puedes ver es el volar a un cóndor y ver volar a semejante bicho es espectacular (Lídia se pasó el día intentando capturarlos con su cámara). Presidido por las palmeras de cera de 60m de alto, el oscuro verde de los árboles estaba en perfecta sintonía con el luminoso verde de la hierba. Nos dejó hipnotizados y con la satisfacción de ver qué bonito es este mundo.
De Cali os podríamos decir que es super peligrosa, pero sería mentira. La ciudad es pura vida, salsa en cada esquina, la gente alegre y el baile hasta para comprar el pan. Pocas ciudades en Colombia tiene el carácter que tiene Cali. Es verdad que vivió y vive en una zona de clara influencia narco, pero resiste sin miedo. Tuvimos la suerte de coincidir con las fiestas del aniversario de la ciudad y ver espectáculos de salsa en directo, comida típica en la calle y mucha gente dispuesta a ayudarnos. Nos bajaron gratis del Cristo Rey, nos dieron de comer chontaduro y casi nos obligan a bailar salsa, pero esto no sucedió jaja, tenemos dignidad.
Va a parecer que nos pagan por decir que Colombia es preciosa pero es que este desierto es único, no tiene dunas, no tiene camellos, ni tampoco excesivo turismo. Sus inusuales formas, divididas en la parte gris y la parte roja, parecen sacadas de otro planeta. En la gris se nos coló una vaca blanca y la estampa del animal con los cráteres del paisaje nos dejó una imagen en la retina de alto valor. La parte roja no hace falta describirla, como si estuviéramos en otro planeta, el color colorado de la tierra y sus formas nos hacían caminar casi en silencio. Y cayó la noche más estrellada que nos ha envuelto, en la que nos perdimos hasta conciliar el sueño.
Dudamos de cómo entrar a Perú y finalmente decidimos saltarnos Ecuador y hacerlo por el Amazonas. Queríamos vivir una experiencia diferente, auténtica y por eso volamos a Leticia. Esta ciudad colombiana hace frontera con Tabatinga en Brasil y Santa Rosa de Yavarí en Perú. La triple frontera se encuentra en mitad del río Amazonas y para la población local prácticamente no existe, ellos cruzan en barca de un lado a otro, compran en pesos colombianos, soles peruano o reales brasileños a la vez y hablan español y portugués como si nada. Nuestro adiós a Colombia y primer contacto con el pulmón del planeta fue de un valor cultural incalculable.
En el Amazonas había mucha desinformación y no sabíamos cómo íbamos a llegar de la triple frontera a Iquitos, donde habíamos quedado con cinco amigos que venían de visita a Perú. Los barcos rápidos estaban estropeados o completos y solo nos quedaba una opción si queríamos llegar a tiempo: la lancha. Se trataba de pasar 3 días en un carguero, durmiendo en hamaca y surcando el Amazonas a paso de tortuga. Después de la desesperación inicial empezamos a acostumbrarnos a las noches sobre tela y a la falta de espacio, ¡y hasta hicimos amigos! Las horas no pasaron tan lentas como pensábamos, no nos picaron los mosquitos y, de repente, había pasado el fin de semana y estábamos en Iquitos.
Llegamos a la ciudad más grande sin acceso terrestre. Lo primero que hicimos fue permitirnos un pequeño lujo: cenamos en un restaurante para gringos, con consumición mínima de 60 soles por persona, sobre una plataforma con piscina en medio del río y desde donde contemplamos un rosado atardecer. Pero no fue eso lo que más nos gustó de Iquitos. Al día siguiente nos aventuramos a entrar en el peligroso barrio de Belén, acompañados de un guía local. Descubrimos las casas flotantes y las marcas que deja el agua al subir y bajar año tras año. Nos impresionó cómo aprovechan lo mejor de cada época y viven felices en el Amazonas.
¡Por fin nos adentramos a las profundidades del Amazonas junto a nuestros amigos! Después de 2h de coche y otras 2h en barco, llegamos a Puerto Miguel, una pequeña comunidad que nos acogería durante tres días para brindarnos una auténtica experiencia amazónica. Vimos delfines -muchos grises y un rosado-, hicimos un safari nocturno en el que nos encontramos con monos, sapos y tarántulas. Conocimos a Ana, la anaconda. Pescamos pirañas y acampamos en el bosque. ¿Y sabes qué? ¡Un escorpión casi se mete en el saco de Lídia! Por suerte lo cogimos a tiempo. Y todo esto mientras otra parte del pulmón del planeta ardía a causa del dinero…
Hasta que no llegamos a la capital del Perú no sabíamos que el invierno allí es tan húmeda y gris. En toda la semana que pasamos en Lima, solo el primer día tuvimos la suerte de ver el sol. Y como acabábamos de llegar, no supimos apreciar la suerte que estábamos teniendo. El centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad, es hermoso. Barrancos nos enamoró, es el barrio bohemio lleno de murales y arte. Y el paseo de Miraflores es impactante aún en color gris, tan alto y lleno de acantilados. Pero sin duda, si por algo destaca Lima es por su gastronomía. El ceviche, la jalea, el pejerrey… ¡cómo disfrutó nuestro paladar!
De la Selva al Desierto: ¡llegamos a la costa de Ica! La primera parada fue el Parque Nacional de Paracas, una extensa superficie árida que hace miles de años, antes de la separación de las placas tectónicas de la Tierra, se encontraba a la altura del Polo Sur. Kilómetros y kilómetros de arena blanca y roja. Si volviéramos, no pasaríamos solo dos horas allí, nos perderíamos horas por sus playas. Y al día siguiente nos acercamos a las Islas Ballestas, otro de los masificados atractivos turísticos de Paracas. ¡Pero nos sorprendió! Ver a las cientos de aves defecar encima de esas islas, a los leones marinos descansar sobre las rocas y a pingüinos en el desierto fue una experiencia indescriptible.
Último destino de nuestros amigos en Perú y uno de los más famosos en Instagram: el Osasis de Huacachina. Habíamos estado en diferentes tipos de desiertos antes, pero ver tal cantidad de dunas a tan pocos kilómetros de la ciudad y con un lago en el centro, nos dejó boquiabiertos. Estuvimos dos días en turistoasis (sí, se trata de una atracción para guiris), demasiado para nuestro gusto. No obstante, aprovechamos para descender las empinadas dunas en buggie, lanzarnos en trineo (¡algunos hasta se atrevieron con el snow y el ski), relajarnos y ver el precioso atardecer que tiñó la arena del color de rosa.
Sin lugar a duda uno de los puntos de inflexión de nuestro viaje. En esta ciudad hicimos voluntariados para hostels y muchas caminatas. A nosotros que nos gusta eso de andar por la montaña nos enamoró este lugar. Vimos la laguna Parón y su espectacular color turquesa, otra laguna, la 69, con glaciares a pocos metros, y dormimos en una tienda de campaña a 4.200 m de altura. Fue allí donde conocimos y hablamos con locales, algunos campesino que todavía aran con vacas y visten ropa andina. Huaraz es choque cultural más alta montaña, para nosotros una parada obligatoria si vas a Perú.
¿Quieres ver el vídeo que hizo Lídia para el Hostal Kame House de Huaraz? Dale al PLAY ▶
Quizás no es una ciudad muy turística pero para nosotros significaba visitar a nuestra amiga Bibi, belga que vive allí desde hace dos años con su pareja Pepe, cajamarquino. Fueron días de risas, cervezas, historias, gastronomía y vida social. Ver que nuestra amiga se maneja tan bien en esta zona del mundo y que tiene acento peruano es de las cosas que te demuestras por qué este mundo es tan lindo y merece la pena conocerlo. Además, visitamos la ciudad donde asesinaron a Atahualpa, último emperador Inka, y conocimos más naturaleza andina como el bosque de piedra Cumbemayo. Una cosa que nos sorprendió fueron los cortes de agua constantes a causa de Yanacocha, la mina al aire libre más grande de Latinoamérica, a solo 48 km de la ciudad, contra la que luchan los locales para que no crezca más.
Seguro que casi todo lo que te digamos de Cusco lo conoces, es la provincia más visitada de Perú y casi de América. El Machu Picchu te hace sentir lo que ves en la foto, es algo único e inigualable, 6 horas caminando nos parecieron pocas ante tal espectáculo Inka. También descubrimos otras ruinas, menos conocidas mundialmente y donde aprendimos su historia y costumbres. De los Inkas, nos sorprendió lo avanzado que estaban en temas agroalimentarios. Pero si algo destacamos de la región de Cusco es la montaña de los 7 colores a 5.000 msnm. Otra maravilla, esta vez de la naturaleza y que destapó el cambio climático, ya que hace años estaba cubierta de nieve. Esos colores los producen los minerales oxidados que abundan en la zona. Y para no peder nuestras costumbres gastronómicas volvimos a comer Nikkei, una mezcla de comida peruana y japonesa, una mezcla muy difícil de superar.
La ciudad blanca del Perú construida en piedra de sillar nos enamoró. Íbamos para 3 días y nos quedamos 7. El por qué es sencillo, la ciudad es espectacularmente bonita con dos volcanes a su espalda. Habíamos quedado allí con un amigo que conocimos en Huaraz, Glyn. ¡Él se quedó un mes, así que créenos si te decimos que la ciudad engancha! Además, posee seguramente la mejor gastronomía del país: ceviche con pastel de papa y/o chicharrón, rocoto, sopa de camarones o queso helado. La boca se nos hace agua solo de recordarlo.
Bolivia fue un país intenso y un punto de inflexión en el viaje. Llevábamos ya más de un mes en los Andes y nos esperaban todavía tres semanas de frío, viento y mucho sol. Creemos que es un destino al que hay que ir con la mente abierta, mucha paciencia y prestando atención a tus pertenencias, pero que merece mucho la pena. Sus paisajes son sencillamente de otro planeta.
El primer contacto con Bolivia fue a través de Copacabana, y no estamos hablando de la famosa playa brasileña, sino de la ciudad en el Titikaka, el lago navegable más alto del mundo. ¿Su principal atractivo? Las islas del Sol y la Luna. Queríamos comprobar eso que dicen que son lugares con una energía especial, emblemáticos para las culturas indígenas. Al llegar, descubrimos que la parte norte de la Isla del Sol, donde queríamos ir, está cerrada a turistas por un conflicto local, así que nos conformamos con la parte sur, también muy mística. Nos contaron que algunos curiosos no respetaron la normativa y se adentraron a la zona restringida. 4 días después, aparecieron sin ropa ni mochila.
Llegamos a La Paz. O eso pensábamos, pero no, era la ciudad vecina, el Alto, en pleno día de mercado, el más grande de Latinoamérica. Éramos blanco fácil, pero además bajamos la guardia (¡nunca lo hagáis!) y le robaron el móvil a Fran. Esa fue nuestra bienvenida. Todavía confusos cogimos el teleférico y, de repente, ahí estaba: La Paz. Una inmensa ciudad metida en un valle con miles de casas, unas pegadas a las otras, y con el majestuoso Illimani como telón de fondo. Cuenta la leyenda que Illi y Mana se enamoraron y decidieron casarse a pesar de que sus familias eran rivales. Pero de repente, Mana desapareció y emergió la alta montaña nevada, era Mana con su vestido de novia. Dicen que Illi fue convertido en la brisa que cubre la cumbre de su amada.
Dejamos la capital ejecutiva y llegamos a Sucre, la capital constitucional. La ciudad es bonita y llena de vida, tanto de locales como turistas. Nos podríamos haber quedado más tiempo, pero las elecciones se acercaban y casi todo el mundo nos había recomendado salir antes. El ambiente estaba muy caldeado y podían haber protestas ganara quién ganara. Así que nos apresuramos a llegar a Potosí, queríamos conocer sus minas. La ciudad estaba en paro de 9h a 19h, los transportes no funcionaban y había barricadas en cada calle. Pero conseguimos entrar a una mina activa, y nos dimos cuenta de lo duro que es este trabaja y de todo lo que falta para que sea seguro y respetado.
Había llegado uno de los momentos más emocionantes del viaje. Conocer el Salar de Uyuni, el más grande del mundo, y la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa era nuestro sueño, pero había que recorrerlos con un tour sí o sí. Y pusieron nuestra paciencia a prueba. Es una pena que en uno de los rincones más impresionantes del planeta, uno termine harto de las medias verdades de los guías y turoperadores. A pesar de todo, disfrutamos de sus paisajes, pusimos a prueba nuestra creatividad, y tuvimos la suerte de caer en un buen grupo con quien compartimos juegos de cartas, largas conversaciones y muchas risas. Pero volveremos, de eso estamos seguros.
Cualquiera de nuestras alternativas de viaje pasaba por Argentina, demasiado tiempo escuchando y viendo los atractivos de este lugar como para saltárnoslo. Argentina es de esos sitios que te enamora, aunque haya cosas que no entiendas y no por el idioma, sino por la idiosincrasia de este país con mucha mezcla cultural y un dulce de leche a la altura de los cielos.
Las dos provincias andinas del norte nos sorprendieron por tener unos paisajes que recuerdan a otros países como Perú o Bolivia, hasta su población es más indígena que en el resto del país. Allí, casi sin quererlo, nos encontramos unos de los escenarios más diferentes que hemos visto en nuestra vida: «La quebrada de las flechas», un trozo del planeta Marte en la Tierra, además de una serie de cerros de colores que nada tienen que envidiar a los famosos de Cusco. Allí pasamos por fin del frío al calor durante 10 días y nos planteamos ir más lentos. No porque nos sobre tiempo, sino porque después de tantos meses de viaje, el cuerpo y la mente necesita creer que ha vuelto a casa para poder seguir.
Todavía recordamos, cuando nos relajamos y cerramos los ojos, el imponente sonido del agua cayendo por la Garganta del Diablo en el Parque Nacional de las Cataratas de Iguazú. Suponemos que son cosas que no se olvidan nunca y es que tal muestra de poder de la Pachamama hizo que, una vez más, el silencio se apoderara de nuestras palabras. ¿Para qué hablar cuando se puede mirar, oír y sentir algo así? El tiempo se nos pasó rápido en las casi 8 horas que estuvimos en el lado argentino y 4 en el brasileño. Si algún día nos preguntáis si os recomendamos ir a las cataratas, nuestras caras os dirán la respuesta. A pesar de que se han convertido en un parque de atracciones, es uno de los lugares más mágicos del mundo.
Cuando uno le tiene ganas a algo y supera tus expectativas es que algo grande hay detrás. Buenos Aires, igual que cualquier gran urbe del mundo, tiene todos los problemas ambientales, poblacionales y de tráfico habidos y por haber. Pero saliéndose de eso e intentando andarla y usando su subte, la ciudad se convirtió en nuestro bastión, 15 días disfrutándola, paso a paso, sitio a sitio y che a che. Una ciudad con una amplísima oferta cultural, un museo de la memoria que nos dejó en shock, una arquitectura sacada de la mismísima escuela de Paris y dos clubes de fútbol llenos de pura pasión. Quizás, hoy queramos ser un poco más porteños que ayer porque BSAS nos conquistó como solo ella sabe con cultura, comida y buena onda.
Todo argentino te contará maravillas de Córdoba y no por su ciudad, sino por la provincia. Tan bonita que se llena de turistas en verano, más nacionales que gringos. Los verdes paisajes de los valles de Calamuchita y Traslasierra son el rincón ideal al que escaparse cuando la ciudad nos devora y necesitamos respirar un poco de aire puro. Muchos llegaron a estas tierras, célebres artistas, un joven che Guevara y muchos alemanes y suizos, que convirtieron algunos pueblos en réplicas exactas de su país. Pero nuestro rincón favorito fue Mina Clavero, donde encontramos una unión de ríos y balnearios fluviales sin precedentes. Nos hubiéramos quedado allí indefinidamente, pero teníamos que seguir, el tiempo se nos acababa.
Vino, andes y lucha, eso fue lo que nos encontramos en esta archiconocida provincia del oeste argentino. Nos topamos con unos días de grandes manifestaciones en contra de un proyecto minero en la región, que amenazaba con consumir el agua que recogen de las montañas para abastecer la ciudad y sus alrededores. Las protestas no nos impidieron visitar una de las cientos de bodegas de vino de la región y degustar tintos y blancos. Una tarde incluso nos subimos a la terraza de uno de los hoteles más altos de la ciudad. Desde allí, contemplamos lo verde que es el corazón de esta zona semidesértica y nos bebimos un trago con vistas a los Andes, donde sin verse se intuía el altísimo Aconcagua, el pico más alto de la cordillera más larga del mundo.
Uruguay fue más corto de lo que esperábamos, pero así es el viaje. Nos habíamos quedado más tiempo de lo previsto en casa de unos amigos Argentinos, y redujimos de dos a una semana nuestra estancia en el país. Fue como unas pequeñas vacaciones en nuestro largo viaje, en las que volvimos a visitar deprisa, dejamos el ordenador a un lado y disfrutamos de una calurosa semana en su costa.
Llegamos a la capital después de una noche en bus sin pegar ojo, cruzando la frontera a las 3 de la madrugada. Sin pensarlo, nos lanzamos a hacer no uno, sino dos free tours ese mismo día. Y por sorpresa, en el de la tarde, conocimos a una persona muy importante en la historia de Montevideo, a la propietaria del piso al que llegó el túnel a través del cual los Tupamaru, Mujica entre ellos, escaparon de la cárcel de Punta Carretas. Fran estaba, además, especialmente ilusionado con Montevideo, cuna de sus murgas carnavalescas, que nacieron por influencia gaditana. No faltó la visita al Museo del Carnaval, al Estadio de Verano y tuvimos la suerte de ver una juvenil en la famosa y larga Rambla de Montevideo.
Todo el mundo hablaba de Punta del Este, esa salida de tierra donde acaba el Río de la Plata y empieza el Océano Atlántico. Y aunque ya sabíamos dónde íbamos, esos altos edificios delante de Playa Brava nos impactaron. Muchos estaban a medio construir, plantas y más plantas de apartamentos turísticos… Además, como estábamos en primavera la ciudad era medio fantasma. Sólo algunos negocios empezaban la temporada y cuatro turistas aprovechaban esa inusual semana de calor. Un día alquilamos una moto y nos alejamos todo lo que nos permitió hasta el norte, donde descubrimos playas más vírgenes que nos robaron el corazón.
Nuestro ferry a Buenos Aires salía de la ciudad uruguaya que está a sólo 50km en línea recta, al otro lado del Río de la Plata. Aquel día el viento soplaba con fuerza y las nubes apenas dejaban ver el cielo. Quisimos subir al faro para contemplar los bonitos adoquines de la ciudad colonial desde arriba, pero era peligroso. El río estaba más furioso que nunca y pudimos distinguir lo turbias que eran sus aguas, llenas de sedimentos que transportan a lo largo de km y km. Y volvimos a pensar: ¿cómo un río puede ser tan ancho?
¿Cuántas veces entramos y salimos de Chile? Tantas que ni las podemos contar con los dedos de una mano. Un país tan distinto a lo largo de sus 4.270 km que hace de norte a sur, con culturas tan diferentes y arraigadas en su tierra. Desierto en el norte, montaña en el sur. Llegamos por primera vez al inicio del estallido social, en octubre de 2019 y conforme íbamos pasando más y más días en el país entendíamos el por qué de sus reivindicaciones. Chile despertó.
San Pedro nos acogió con un agradable calor. Llevábamos demasiado tiempo en los Andes, demasiado tiempo a mucha altura. Nuestra visita pudo ser muy larga, pero fue muy rápida. Cuando llegamos, no había buses que partieran a Argentina hasta una semana más tarde, pero de repente un grupo canceló sus billetes del día siguiente y pudimos escapar de una de las ciudades más caras del viaje, aunque sin poder descubrir sus bonitos paisajes. A cambio, ese día San Pedro nos regaló un rosado de película y contemplamos durante un buen rato el volcán Licancabur que separa Chile y Bolivia. ¿Cómo es posible que hiciera tanto frío al otro lado? Muy fácil: la altura.
Estábamos nerviosos por varios motivos: las revueltas seguían en Chile y los padres de Lili venían a pasar la última semana de 2019 con nosotros. Y sin esperárnoslo, volvimos a los mercados sudamericanos que nos había costado encontrar en Argentina y que tanto nos gustan. Santiago no es como nos imaginábamos, ni Chile tampoco. El choque cultural fue más grande de lo que pensábamos, las diferencias sociales todavía más abismales y la pobreza de muchos se palpaba en la calle. De forma tímida y sin buscarlo, fuimos algo testigos de las furiosas y serias protestas y reivindicaciones del pueblo chileno.
Viña del Mar y sus alrededores nos gustó y nos decepcionó al mismo tiempo. De nuevo, grandes edificios en primera línea pero esta vez ganándole terreno a una inmensa y bonita duna, la de Concón, ahogada por cemento y hormigón. La duna preciosa, los edificios nos recordaron a nichos de cementerio. Y el tráfico… el peor que vivimos en el subcontinente. Aún así, estábamos en pleno océano pacífico, contemplando la bravura de sus olas y lo curioso de su clima: tan nublado por la mañana y soleado por la tarde. Lo que sí que nos encantó fue el centro histórico de Valparaíso, con sus casitas de colores trepando por toda la montaña.
Pucón y Puerto Montt fueron dos ciudades en las que estuvimos de paso. Pucón con más encanto, más turística y con vistas al volcán Villarrica, paseamos, descansamos. Puerto Montt más gris, fue nuestro punto de partida a la Patagonia chilena. En ambos lugares nos hubiera gustado hacer más. El trabajo y la falta de tiempo no nos lo permitió, pero los precios abusivos del turismo en Chile tampoco. No es un destino barato y nos quedamos con la sensación que nos quedó mucho por ver. Volveremos, quizás, a acabar la increíble naturaleza que tiene este país.
El final iba a ser en la Patagonia, eso lo teníamos claro. Queríamos llegar al punto geográfico más austral del mundo y lo conseguimos. Pero recorrimos mucho más, descubrimos la naturaleza más salvaje, el clima más extremo y conectamos con la pachamama más auténtica. El mejor punto y final que jamás hubiéramos soñado.
La Patagonia fue en ocasiones difícil, especialmente en Bariloche y la Ruta de los 7 lagos. Escogimos enero, el mes más caluroso del año, pero también el más turístico. Allí estábamos sin disponibilidad en alojamientos, precios prohibitivos y colas kilométricas. Pero no importó, dormimos en tienda de campaña y en coche de alquiler cuando no tuvimos cama, hicimos dedo y fuimos a pie cuando se agotaron las bicis. Y disfrutamos de los más de 7 lagos de esta parte de la Patagonia. Unos más verdes, otros más azules. En algunos conseguimos estar casi solos, escuchando el viento y viendo a lo lejos los kayaks pasar.
El Bolsón no entraba en nuestros planes. Nuestra intención era cruzar a Chile y llegar hasta la isla de Chiloé, pero más de uno nos habló de esta perla azul, mucho menos explotada que el resto. Nos picó la curiosidad y cambiamos nuestros planes para disfrutar del Cajón del Azul y una noche en un refugio de montaña. Llegar hasta el nacimiento no fue fácil, era un día lluvioso y el camino no daba tregua: subidas y bajadas sin parar. La noche anterior a la excursión, el hostel nos había dado la bienvenida con una de esas cenas comunales que tanto nos gustan y el cansancio pesaba casi más que nuestras mochilas. Pero la recompensa llegó, unos rayos de sol iluminaron el agua que se empezaba a encajonarse en el nacimiento de este magnífico fenómeno natural.
Estábamos en el fin del mundo y no podíamos creer que no hubiera otras ciudades más allá. Nos subimos a un navegación solo llegar y nos adentramos en el famoso Canal Beagle. Cuánta calma, cuántos pájaros y lobos marinos. Sus ruidos nos envolvieron, podríamos habernos quedado allí horas y horas. ¿Qué debió sentir el primer humano que pisó las Tierras del Fuego? El Parque no fue distinto. Recorrimos el paseo de la costa, observando la cantidad de montañas que había alrededor, teñidas de blanco tan cerca del océano. Pero hay mucho más, glaciares y lagunas a pocos km de la ciudad, como la de color esmeralda, una perla en el fin del mundo. Ushuaia, sus paisajes y su magia nos cautivaron.
La misma cordillera, en Argentina y Chile, tan igual y tan distinta. Muchos han oído hablar de las famosas Torres del Paine, tres imponentes picos que guardan el tan conocido parque nacional, tan caro y lleno de turistas a su vez. Pero el majestuoso Fitz Roy al otro lado de la cordillera nos enganchó. Lo vimos durante más de tres días, de todas las maneras: con y sin niebla, desde el pueblo, desde la Laguna de los Tres, en pleno día y de color rojizo con los primeros rallos de sol. Y allí parados, imaginamos que eramos pájaros, sobrevolábamos las bonitas montañas y más allá solo veíamos hielo y más hielo, los más de 40 glaciares del Campo de Hielo Patagónico Sur.
Y llegó el momento que tanto habíamos esperado. Después de 8 meses de viaje, miles de kilómetros y mucha, mucha expectación, asomó por la ventana del autobús esta gran masa de hielo que nos robó el corazón. No podíamos contener la emoción, el ficticio muro de Juego de Tronos era real y estaba justo ante nuestros ojos. Pasamos horas y horas viendo sus grandes bloques caer, observando su enorme extensión, intentando discernir su fin que no alcanzábamos a ver y, por supuesto, maravillándonos con cada punta y cada rincón que descubrimos en hora y media que estuvimos caminando por el glaciar más famoso del mundo. Y esta fue nuestra gran despedida del viaje de nuestras vidas.
¿Hasta aquí has llegado? Sí que estabas aburrido/a… 😜 ¡Es broma! Mil gracias por entretenerte en leer nuestras aventuras. Ojalá puedas recorrer Sudamérica como nosotros lo hicimos algún día. Si te ha quedado alguna duda pendiente déjala en comentarios y estaremos encantados de resolvértela ⬇️😊.
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8 respuestas
No sé si alguna vez se me dará la situación de poder dedicarme a viajar tantos días de seguido pero sin duda acudiré a este post…gran trabajo
¡Ojalá que sí y qué bien, muchas gracias por leer nuestro post! Y si tienes cualquier duda nos dices.
Menudos 8 meses viajando, pareja. Ojalá algún día pueda hacer yo eso, me conformaría con tres meses jajajaj. Así que si en algún momento me decido, os pediré consejos:)) Mi ilusión es el Perito Moreno, pero dicen que es peligrosa la zona. ¿Cuál es vuestra opinión?
¡Hola MCruz! Gracias por pasarte por aquí ☺️ ¡Seguro que algún día puedes hacer un viaje de 3 o más meses, ya verás, todo llega! El Perito Moreno es increíble, lo más único que hemos visto jamás. Está muy bien preparado, la verdad, es incluso accesible para personas con movilidad reducida. ¿Peligroso? Es peligroso si te sales de las pasarelas (por desgracia, hay gente que lo hace…), ya que los desprendimientos pueden lanzar pequeños trozos de hielo puntiagudos que son como pequeños cuchillos afilados. Pero las pasarelas están suficientemente alejadas y permiten una vista preciosa del glaciar. En el minitrekking irás siempre acompañado de guías especializados y protección en todo momento, así que también es seguro. En definitiva, ¡lo recomendamos al 100%!
¡Menudo viajazo! Nos encantaría poder hacer lo mis.p. Todos los lugares que habéispiesto son impresionantes.
Nosotros tenemos muchas ganas de visitar el Perito Moreno, pero también tenemos un montón de ganas de visitar el salr de Uyuni o el Machu Pichu.
Cua do podamos, sin duda alguna os consultaremos.
GRACIAS pareja, leer vuestro blog ha sido como viajar por un momento a todos estos maravillosos lugares.
Qué pasada! Me encantaría poder hacer un viaje así alguna vez! Ha tenido que ser fantástico. Gracias por compartir tu experiencia. saludos
Lo fue! Ojalá podamos volver a viajar así pronto! Seguro que ese viaje llega algún día! Muchas gracias por el comentario 😀